libertad de elegir de los abogados


En estos años de ejercicio de la profesión de abogado y después de haber leído con atención unas cuantas sentencias, he tenido ocasión de comprobar que son muchos los jueces que se guían por el afán de favorecer en el pleito a la parte que tiene razón. Esto, sin duda, es encomiable. A veces no pueden hacerlo, pero ellos, los jueces, buscan cualquier resquicio legal para que su sentencia sea lo más justa posible. Me imagino que debe de ser un trago desagradable para un juez tener que fallar en un caso a favor de la persona que se ha portado mal, la persona que no ha actuado con probidad y buena fe. Los jueces en esto están atados: no pueden rehuir la responsabilidad de juzgar cada uno de los casos que se les presenta y tienen que hacerlo conforme a la ley, también a la ley que regula el procedimiento. Por eso si el abogado que defiende los intereses de la parte que ha actuado con buena fe comete un error en el proceso, el juez, lamentándolo mucho, no tiene más remedio que dictar una sentencia que favorece a la otra parte, a la que en la vida, en su relación con el otro, se ha portado mal. Los abogados, en cambio, somos más libres en esto y sí tenemos elección: los abogados podemos especializarnos en defender solo los intereses de las personas buenas, de las personas que actúan en sus negocios con honestidad. Sin embargo, esto no ocurre; los juzgados están llenos de demandas y de contestaciones a las demandas redactadas por abogados que saben que sus clientes no tienen razón. El colapso de la Administración de Justicia se debe a esto. Si los abogados rechazasen defender algunos asuntos de algunas personas que creen que tienen razón pero que en realidad no la tienen, la sociedad, en general funcionaría mejor, mucho mejor. Pero claro, está la cuestión del dinero. ¿Quién le paga las facturas a la persona que tiene como profesión esta de ejercer como abogado? ¡Estas personas también tienen que comer! Los malos se aprovechan de esta necesidad en la que viven la mayoría de los abogados. Serían muchos los que recibirían un portazo en las narices si todos los abogados fuesen ricos. El mismo portazo que reciben hoy los que llevan una causa claramente injusta a un abogado que, aunque no sea rico y también tenga que pagar sus facturas, primero sea una persona buena y honesta con un alto sentido de lo que es justo, de lo que está bien y de lo que está mal.

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