Madrid
marzo 26, 2026

Te quiero pero no me fío de ti: hagamos un contrato antes de casarnos.

Parece que nadie se fía de nadie. Es verdad; pocos son ya los que no necesitan pasar por el notario. Hasta dos que dicen quererse necesitan pasar por el notario. Se desconfía, ya al principio, de la otra persona. A esto se ha llegado gracias a la experiencia humana de miles de años. No creo que haya un padre que recomiende a su hijo no realizar un contrato antes de contraer matrimonio. La ley a veces dice algunas cosas que se hacen difíciles en algunos supuestos y por eso el padre aconseja al hijo el contrato prematrimonial. ¡Y los dos que se van a casar, que se aman, aceptan formalizar ese contrato! Es decir, al principio ya se está declarando lo siguiente: no creo que nuestro matrimonio se acabe con la muerte de uno de los dos, más bien pienso que se va a acabar antes, y cuando esto ocurra creo que tú actuarás de una manera injusta, intentando llevarte cosas que no son tuyas. ¡Y ambos, llenos de amor el uno hacia el otro, se van al notario y cambian la regulación de su matrimonio en todo lo concerniente al dinero y al patrimonio! Con estos mimbres se hacen hoy los matrimonios en España (y supongo que en otros lugares), lo cual no quiere decir otra cosa que nadie se fía de nadie y que por mucho amor que se diga que se profesa, nadie se fía del otro, y los hijos vienen al mundo de esta manera, en el seno de un matrimonio formado por personas que dicen amarse pero que a lo mejor no es verdad. Y nuestra sociedad está formada por familias que surgieron de enlaces matrimoniales realizados con prudencia, es decir, con la debida desconfianza.

2 comentarios en “Te quiero pero no me fío de ti: hagamos un contrato antes de casarnos.

  1. Estimado Pedro:
    ¡Hay que fiarse, hombre! Como se han fiado nuestros padres, y nuestros abuelos y bisabuelos. He asistido a la celebración de las bodas de oro de mis cuatro abuelos, todos en bienes gananciales. En breve asistiré, Dios mediante, a las de mis padres, también en bienes gananciales. Mi santa y servidor, siguiendo la tradición de nuestros ancestros, también hemos apelado a los bienes gananciales, y confiamos en que nuestros hijos nunca se arrepientan de nuestra decisión. Yo voy a lanzar aquí una defensa a ultranza del fiarse del otro, sobre todo si va a ser tu principal socio en la vida, el más importante, al que te comprometes a amar pase lo que pase, y se pase por las situaciones y las circunstancias por las que se pase, porque el amor no es más que «querer querer» (y eso, aunque haya momentos en los que uno no quiera querer), y hay que ser serios en la vida, o al menos a mí me gusta rodearme de gente que es seria y tiene palabra, que haberla hayla. Si se empieza con el proyecto más importante de una persona, esto es, la familia, con la predisposición a «lo mío es mío, y lo tuyo es mío también», mal empezamos.
    No obstante, y a pesar de lo expuesto, viviendo en el mundo en el que vivimos (que se ha vuelto rematadamente loco), y viendo la sociedad de la que formamos parte (mi ombligo es mío y de nadie más), no me extraña que se acuda a la separación de bienes, ni que la gente se separe a la primera de cambio. ¡Y mira que es una lástima!
    Un cordial saludo, de un colega,
    Juan Pablo López

    1. Gracias por tu comentario, Juan Pablo. A mí me gustaría vivir en un mundo en el que todos fuesen buenos, honrados, honestos y el que da su palabra la cumpliese y que nadie estuviese pensando en enriquecerse a costa del otro. Y si el matrimonio por lo que fuese sale mal y hay que divorciarse que cada uno se llevase lo que es justo que se lleve, nada más. Es fácil. Pero no lo es, ser bueno cuesta, porque mira cómo están los juzgados de familia, mira cómo acaban los que un día se unieron para amarse. Es horrible. Es como una peste. Todos parece que solo piensan en lo suyo sin importarles nada cómo se queda el otro. Yo la verdad estoy un poco decepcionado con la naturaleza humana. Me encanta encontrarme con gente buena y que ama de verdad y que por nada del mundo haría algo conscientemente para fastidiar al prójimo.

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